
Y se ríe a la vez que se adivina en su mejilla un hoyuelo casi perfecto.. Él lo mira fijamente, pese a su condición y el tiempo transcurrido desde aquella última vez, aún recuerda el significado de esa mueca. Fascinado, ve como Roberto comienza a agacharse con decisión. Acto seguido, con las rodillas clavadas en el suelo, le desabrocha la correa delicadamente. Lo acaricia. Mauro ahora se ha puesto muy, muy nervioso, tanto, que se le llegan a escapar algunos gemidos. Y es que hacía bastante tiempo que su dueño no lo soltaba en plena calle...

